miércoles, 5 de noviembre de 2014

Creer o reventar

Con Diana Krall tengo al menos dos hitos de la casualidad, zarpada mal. No sé por qué Diana Krall, pero no pongo en discusión los gustos del universo para ello. Paso a contar el primero.
En el año 2005, yo estaba vacacionando en Chile, al sur de Santiago. Hacía calor, el agua era helada. En esas playas había unos puestos con techos de paja, donde vendían desde panchos con palta y lluvia de papas hasta helados de palito. La rutina más o menos: llegar, poner la manta, mirar el mar. Salir a caminar por la playa. Tocar el agua, helarse los pies. Volver a la manta. Jugar a las cartas. Rumbear al kiosquito rústico y simpaticón. Todas actividades para pasar el tiempo hasta que el sol baje un poco y el agua no estuviera tan fría. Porque el agua dejaba de estar tan fría con el correr de las horas. Paciencia.
Bueno, de éso de hacer tiempo frente al mar salen todas las historias de verano. Y esta anécdota: resulta que una tarde salgo a caminar por la playa. Y de pronto, viene de frente un profesor de la facultad con su mujer. Está claro que, siendo un profesor de teórico y de la UBA, era bastante imposible que me ubicara. Sumado a que estábamos ambos absolutamente fuera de contexto y en malla y con la cabeza llena de arena. Sí, pero. Porque justo, acá empieza la locura, justo unas semanas antes de viajar, yo había rendido un final y ése profesor había estado en la mesa de examen. Aún así, tampoco esperaba que me recordara, pero parece ser un tipo memorioso, o educado, así que respondió a mi sorpresa y nos saludamos, como dos -prácticamente- extraños pero nos saludamos.
Realmente, no podía creer la casualidad. A ese tipo lo había visto todo el año en un aula con un centenar de personas. Luego en la mesa de examen. Luego viajo hasta la costa del Pacífico. Luego ese día de mar. Luego camino. Luego él y su mujer hicieron algo más o menos similar. Luego el guionista logró que nos topemos en plena playa chilena. Vamos, es un laburo enorme para el universo toda esa convergencia. Lo aplaudo, me da palpitaciones, y sigo.
No satisfecho con eso, el universo hizo que meses después, ponganlé en marzo, Diana Krall viniera -creo que por primera vez- a la Argentina. Yo tenía un disco y me parecía bastante maravilloso ir a verla en vivo, a ella y a su zarpada banda de jazz. No consiguí a nadie que quiera pagar una entrada del Luna Park para ver a la canadiense. Sin embargo, alentada por los designios del universo, fui convencida y compré la entrada. Llegó la fecha. Me había buscado una buena ubicación: al centro, arriba, a la derecha para ver a la pianista de frente, que es el lugar de la Krall.
Los conciertos, los recitales, en general me dan una emoción enorme. La situación ya era hermosa. Bajar por corrientes, hacer la cola, entrar al Luna Park, buscar mi butaca. Faltaba un rato para que empezara e iba a empezar re puntual. Me senté a mirar el mar. Vi llegar a mucha gente. Vi llenarse el Luna Park. Estaban los instrumentos en el escenario como una postal de Hopper. Calmo y hermoso. ¿Y qué pasoó? Sí, eso pasó: sube un tipo por las escalinatas de mi sector. Viene con su mujer. Trae la misma campera de cuero con la que llegaba a clase. Es un profesor de civil, sin arena en la cabeza. Y se sientan, les juro por dios, yo atea, se los juro por dios: unos asientos arriba de la fila en la que yo estaba. Creer o reventar. Cre-er-o-re-ven-tar.
El concierto estuvo increíble. Los músicos que acompañaban a la Krall, especialmente el contrabajista (un oso gigante que tenía al instrumento de hijo), se las traen.
Creer o reventar, *all or nothing at all ♫



 https://www.youtube.com/watch?v=GHyT8m6mSuI

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